Dependencia emocional​

 

¿Qué es?

Para la filosofía, cada persona es única, irrepetible e individual, aunque somos seres con necesidades afectivas y de relación. Por eso, la verdadera felicidad en la vida, desde el punto de vista emocional, consistiría en encontrar el equilibrio entre estar bien con uno mismo, apostar por la propia autonomía e independencia, disfrutar de los momentos de soledad y tener también relaciones sociales de familia, pareja y amistad.

Sin embargo, existen relaciones que tienen un alto grado de dependencia emocional que hace que la persona dependiente limite su vida, y su libertad interior, al intentar volcarse de forma desmedida en otra persona o actividad para paliar, posiblemente, otras carencias que tiene dentro de sí misma, pero que en vez de afrontarlas desvía su foco de atención.

 

La dependencia emocional es, pues, un estado psicológico que tarde o temprano deriva en una situación asfixiante, cambios bruscos de estado de ánimo, miedos, depresión, frustración, pensamientos obsesivos, ansiedad e incapacidad para poner límites o fin en ciertas relaciones.
 

Así pues, no es un trastorno de la personalidad ni es crónico, porque se puede superar. Es de índole psicológica ya que se puede poner en marcha los medios necesarios para atajarlo. El problema es que, si la persona dependiente desconoce que lo es, o no quiere darse cuenta, no puede poner solución al problema

 

Características

La dependencia emocional suele darse con más frecuencia, aunque no exclusivamente, en las relaciones de pareja, caracterizándose estas por ser inestables, destructivas y marcadas por un fuerte desequilibrio. Para el dependiente, esta situación afecta de forma negativa a su salud física y/o mental. Pese al malestar y el sufrimiento que la relación le causa, se siente incapaz de dejarla, y en caso de estar acabada, tiene intensos deseos de retornar a ella.

 

 
Los dependientes emocionales tienen una necesidad excesiva y voraz de afecto y de ser queridos, por tanto, tratarán de conseguir este afecto a lo largo de sus diferentes relaciones de pareja, mostrando una resistencia obstinada a perder esa fuente de “seguridad” y cariño. Para ello, no dudará en recurrir al autoengaño y la negación pese a las advertencias de su entorno de la peligrosa relación.

 

 

Aunque el dependiente emocional busca incesantemente una pareja por esa necesidad de ser querido, no siempre es dependiente emocional de manera sistemática en todas las relaciones. La dependencia se produce en el contexto de una pareja en concreto, no teniendo por qué ser así con el resto. No son adictos al amor, eso es otra cosa, son personas con necesidad excesiva de afecto.

Son personas con baja autoestima, por ello no se protegen cuando reciben ataques e incluso se los infligen ellos mismos. No se consuelan si están sufriendo, sino que aprovechan su vulnerabilidad para atacarse más duramente. Se hunden ante las adversidades sin intentar resolver sus problemas. No se valoran cuando hace las cosas bien, sino que se buscan el error o el defecto, y se ponen condiciones para quererse o escatimarse cariño. Esto deteriora y determina su relación de pareja.

Otra característica de este tipo de personas es que no soportan la idea de estar a solas consigo mismos, no aguantan estar mucho tiempo solos en casa o con la perspectiva de no salir y enseguida se buscan planes o llaman por teléfono a alguien con cualquier excusa. La soledad les provoca incomodidad, malestar e incluso ansiedad, y la idea más o menos intensa de que no son importantes para nadie, no ser queridos y estar abandonados.

Aparte del temor a esta soledad en un sentido extenso, también temen a la soledad entendida como “estar sin pareja”. Este, sin duda, es un temor cercano al terror: les da auténtico pavor no tener a alguien, ya sea como pareja o como sucedáneo (una aventura, un flirteo continuado…) La consecuencia puede ser el encadenamiento sucesivo de relaciones para evitar esa sensación.

Además de la ansiedad y la depresión, tienen continuos estados de ánimo negativos como culpa, preocupaciones y sensación de vacío que sólo saben llenar con la presencia de la persona a la que someten su dependencia emocional.

El dependiente emocional pone a su relación de pareja por encima de todo, incluyéndose a sí mismo, a sus hijos en muchos casos, al resto de sus familiares, a sus amigos, a sus obligaciones como el trabajo y sus aficiones. Tiene prioridad absoluta. Dedican su tiempo, esfuerzo e incluso pensamiento, a la pareja e impedirá lo que se interponga entre ellos y dificulte su contacto. Todo ello, en apariencia, dentro de cierta “normalidad”, pero siempre observando ese patrón, hasta convertirse en la sombra de la persona de la cual es dependiente emocional.

Esta exclusividad (muy acentuado en algunos dependientes, pero no en todos) se traduce en deseo de acceso constante a su pareja a través de continuas llamadas telefónicas, mensajes de texto, correos o cualquier otra forma posible, y si están juntos no despegándose de su lado, con un contacto físico y visual permanente. Además, tienen un marcado déficit de habilidades sociales y sus conversaciones giran en torno al monotema que constituye su relación de pareja. Esta necesidad de voracidad afectiva del dependiente puede resultar agobiante e incómoda para su pareja que siempre se ve en la obligación de estar reunido con ella. La consecuencia lógica de ser muy voraz afectivamente, de priorizar la relación sobre cualquier otra cosa es que el trato hacia ella va a ser de subordinación, es decir, de sumisión. 

 

 
Renuncian a ser ellos mismos con tal de agradar a su pareja. Pueden llegar incluso a aceptar o realizar determinados actos que les parezcan denigrantes.
 

 Les permiten absolutamente todo, justifican todos sus actos e intentan satisfacer lo que les pidan. Esto no excluye que pueda suceder lo contrario, ya que también existe
la dependencia emocional dominante.

En toda relación hay un deseo de exclusividad en el sentido de que no queremos compartir a nuestra pareja con una tercera persona, pero en el caso del dependiente emocional no es sólo esto, quiere literalmente a su pareja para él solo. La exclusividad es un aspecto que no se da en todos los dependientes emocionales con la misma fuerza; incluso en algunos no se produce más allá de lo normal.

También, tienen otro rasgo común (aunque no aparece siempre en todos): la búsqueda constante de validación externa, es decir, tienen una imperiosa necesidad de agradar, no sólo a su entorno cercano, sino a cualquier persona con la que trata. Les preocupan las críticas y el rechazo y son capaces de realizar comprobaciones para asegurarse de que los demás les aceptan. Por eso, nunca crean conflictos con familiares o amigos, siempre aceptan las citas o los cambios de turno imprevistos en el trabajo entre otros. Se desviven por ayudar e intentan llevarse bien con todo el mundo.

 

 
Siempre sobrevalorará e idealizará a su compañero/a. Será muy difícil que un dependiente emocional se enamore de alguien al que no admire o vea bastante por encima suyo, no desde un punto de vista racional u objetivo
 

Por ejemplo, que sea mejor profesional o más inteligente, sino en general, como una sensación que él experimenta de estar con alguien más importante o más elevado. Esto le transmite deseos de estar junto a él/ella. También distorsiona sus méritos y capacidades (serán los mejores en sus trabajos, los más guapos, los más elegantes).

Partiendo de estas premisas, el dependiente siempre buscará en su pareja un perfil determinado: egocéntricos, soberbios, arrogantes y narcisistas principalmente. Por ello, estas relaciones estarán marcadas por el desequilibrio. La pareja del dependiente adopta un rol dominante porque sabe que se lo consiente. Serán explotadores, hostiles y despectivos hacia el dependiente. Se muestran fríos, distantes, y con escaso interés hacia la pareja. Pueden ser manipuladores (son conocedores del intenso miedo a la ruptura de su pareja y lo utilizan a su favor), mentirosos (son frecuentes sus devaneos amorosos con terceros) y posesivos.Aprovechan su estatus superior para descargar sus frustraciones sobre el dependiente, pudiendo incluso recurrir a la violencia física o verbal como humillaciones, menosprecios y otros comportamientos denigrantes. Exigen exclusividad y fidelidad por parte de su pareja, pero no para ellos mismos. Tienen bien aprendidas las habilidades sociales y las aplican. Poseen, por lo general, encanto interpersonal, son ingeniosas y tienen sentido del humor. Este tipo de personas, pues, son consideradas interesantes e idealizables por el dependiente emocional. Mientras que las que no son así pueden resultarles aburridas, con las cuales suelen mantener relaciones de transición, hasta que encuentran a ese alguien “interesante”.

El dependiente emocional idealiza tanto a su compañero y se somete tanto a él, considerando la relación de pareja como lo más importante de su vida, que le tiene verdadero terror a una ruptura. Afectivamente lo encuentran devastador. Aunque sepan que están mal, rechazan categóricamente separarse. En casos graves, puede aguantar prácticamente todo con tal de que no se rompa la relación, prefiere estar fatal dentro de ella. Esto también les produce terror, los rechazos en el seno de la pareja, los comportamientos de escasa aprobación o los signos por parte del otro que indiquen una falta de interés o de cariño.

Cuando la relación se acaba muchos dependientes emocionales sucumben al “síndrome de abstinencia” (llamado así por su analogía a las adicciones) que los lleva a pensar y sentir con absoluta realidad que es totalmente imposible romper la relación, y que si no lo hace el otro no habrá forma humana de que se produzca esa situación.

Este síndrome supone el padecimiento de un trastorno mental, que variará según la persona y según la intensidad, pero que de manera habitual es un trastorno depresivo mayor con ideas obsesivas, o, dicho en otras palabras, una depresión muy fuerte con pensamientos repetidos y angustiosos en torno a un tema que, en este caso y como no podía ser de otra forma, es la relación perdida y todo lo que ello conlleva, como recuerdos, planes para reanudar la pareja, o remordimientos por supuestos errores cometidos.

El golpe psicológico de la pérdida de la pareja es tan brutal que no sólo hay una inmensa tristeza, sino que, además, habitualmente, se sufren síntomas de ansiedad intensos que impiden la concentración y que se traducen en molestias físicas o sensaciones muy desagradables, y también, en pensamientos sobre el poco sentido que tiene la vida que pueden derivar en ideas suicidas (o poco apego por la vida).

Pero “el síndrome de abstinencia” lo que domina es el deseo de retomar la relación, las ideas continuas de, con cualquier excusa, contactar con la otra persona para no tener la sensación de pérdida o de desaparición definitiva. A veces, estas excusas se las da el individuo a sí mismo en forma de autoengaño, por el que se autoconvence de que no pasa nada por llamar a la ex pareja ya que se puede tener una simple amistad, o de que sólo se está contactando con el otro para “cantarle las cuarenta”.

No obstante, todo el padecimiento descomunal de este “síndrome” desaparece de un plumazo con una simple llamada de la otra persona. Donde había lágrimas, ansiedad y auténtica desesperación, se pasa a la tranquilidad y a la sonrisa.

Un dependiente emocional, por regla general, tiene un amplio historial de relaciones de pareja que se producen desde la adolescencia. Estas personas viven su vida alrededor del amor y no la conciben sin él. Necesitan, o eso creen, a alguien permanentemente a su lado. Por eso, nada más terminan una relación, y aunque sea en pleno “síndrome de abstinencia”, intentan buscar a otra persona para reemplazar a la anterior, incluso al mismo tiempo que intenta reanudar dicha relación rota. Normalmente el tiempo que transcurre entre una relación y otra es muy corto ya que mantienen una actitud constante de flirteo.

 

Causas

El amor es evidentemente algo en sí positivo y bien considerado por nuestra sociedad, por lo que tener una gran dedicación al mismo, y una alta consideración de él, parece más una virtud que un defecto, quizás llevados por el hecho de que vivimos en una sociedad que mitifica el amor y hace que veamos como “normales” comportamientos que distan mucho de la normalidad.

El dependiente emocional, que suele tener relaciones de pareja desequilibradas, aporta mucho más que el otro; por tanto, vive en la eterna falta de correspondencia, con todo lo que esto supone porque están más enamorados, obsesivamente, de la relación que, de la persona, es decir, les da igual quién esté a su lado (el amor sano está “personalizado”, el insano no tanto) mientras reúna ciertas características que ellos consideran satisfactorias y estén a la altura de sus expectativas.

 

 
La baja autoestima es una de las causas más notables de la dependencia emocional, pero esta a su vez puede haber estado motivada por carencias afectivas en la niñez, lo que conllevaría ese miedo a la soledad y esa ansia de cariño.
 

Pero hay autores que sitúan también el origen de la dependencia emocional en las etapas del final de la adolescencia y del inicio de la juventud, período muy crítico en el que se vive el despertar de las relaciones de pareja y a veces con experiencias traumáticas pasadas. En estos momentos la entrega incondicional a la otra persona y la influencia de los mitos románticos incrementan la probabilidad de establecer una relación de dependencia en la pareja.

En muchas ocasiones, la dependencia emocional se apoya en los tópicos del amor romántico que dibujan un intercambio de afecto asimétrico y disfuncional donde se idealiza al otro miembro de la pareja y/o aparecen ideas de complementariedad. Un claro ejemplo es el mito de la media naranja. Pensamos que somos seres incompletos hasta que aparece nuestra supuesta media naranja, la persona que rellena la parte que nos falta. En el amor “sano”, en una relación de equilibrio esto sería dar y recibir autoestima y felicidad en ambas direcciones. Compartir el tiempo con una persona que te enriquezca y te respete siempre que se mantengan la independencia y autonomía de las mismas, algo que no ocurre en el amor “insano”.

El mito de “Todo el mundo encuentra a alguien” también está muy arraigado. Es la necesidad de estar permanentemente buscando a esa persona que “debe” acompañarte en el camino de la vida. Pero en realidad, puede que encuentres a muchas personas a lo largo de tu vida con las que quieras establecer una relación o también puede que no la encuentres nunca. Y no pasa nada, cada uno tiene que intentar vivir su vida como pueda y como quiera.

Otro gran mito es el de que “Cuando encuentre al amor de mi vida, le reconoceré a primera vista”. Pero el amor a primera vista” sólo suele pasar en las películas y lleva muchas veces a la frustración y al desengaño.

El “príncipe azul” también es un mito. Tenemos pocas posibilidades en nuestra vida de encontrar a la persona perfecta, y si la encontramos nadie nos garantiza estar con ella para siempre. Este mito nos hace caer en el gran error de buscar al ser perfecto, ideal, dando lugar a la infelicidad que ello supone.

Soluciones

Somos seres sociales que vivimos en comunidad y el apego o dependencia es una de nuestras necesidades básicas. Si fuéramos totalmente independientes viviríamos aislados, por tanto, es normal que se establezcan vínculos de dependencia entre nosotros. Sin embargo, un tipo de dependencia o vinculación afectiva equilibrada, “sana”, consistente en dar y recibir, en apoyarse y cuidarse mutuamente.

Aunque casi siempre se vincula con las relaciones de pareja, la dependencia emocional se extiende más allá. También se suele evidenciar con otras relaciones sociales: con amistades, compañeros, familia y personas del entorno, es decir, se puede extender a casi cualquier ámbito. Sea como fuere, cuando tu bienestar, tu seguridad emocional o tu felicidad depende de otras personas o de lo que estas hagan, digan o piensen de ti, entonces muy posiblemente eres una persona con claros síntomas de dependencia emocional.

 

 
Para protegerse del problema de la dependencia emocional el primer paso es reconocer esa dependencia.
 

Luego hay que invertir en desarrollo personal (conseguir ser feliz interiormente), crecer individualmente (aprendiendo a decidir por uno mismo) y aumentar la confianza en sí (lograr una autoestima suficiente).

Un buen ejercicio para salir airoso de esta dependencia es valorar los propios logros y éxitos; no buscar comparaciones y aprobaciones ajenas; buscar proyectos; conocer gente nueva; intentar nuevas experiencias; trabajar la asertividad; aprender a decir “no” sin culpa; responsabilizarse de la propia vida y felicidad; conocerse a sí mismo; explorar tus necesidades y deseos.

Hay que centrarse más en uno mismo (cuidarse, mimarse) sin llegar al egoísmo; deja atrás el pasado para no lastrar las relaciones futuras; relajar tus reglas sobre la
vida y tus creencias; asumir la responsabilidad de tus emociones porque sólo nosotros somos dueños y responsables de nuestras interpretaciones; aprender a estar bien en soledad porque eres la persona con la que vas a pasar más tiempo durante tu vida.

La dependencia emocional es algo que convierte el amor en un suplicio. Así, algo que tendría que ser muy bonito y que debería aportarnos autoestima y felicidad es horroroso en muchas ocasiones y resta calidad de vida al dependiente, consumiéndolo poco a poco y atormentándolo.

En cualquier caso, si consideras que una relación está afectando a tu salud mental, es importante buscar ayuda profesional para eliminar la dependencia emocional.

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